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De cómo pude sacarme -otra vez- la cédula… {primera parte}

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SALÍ ese día de casa entre dormido y despierto. El sol mañanero caía sobre la caótica y frenética escena de la típica intersección del centro de la ciudad en plena hora pico, las ostentosas camionetas de pasajeros -impacientes por llegar a sus trabajos- aprovechaban su gran tamaño para someter a los demás autos que, igual de ansiosos por avanzar, hacían resonar sus cornetas para reclamar. Las escandalosas motos danzaban grácilmente entre los carros, danzaban una pieza de burla, ridiculizaban a la pila de carros estacionados esperando que hubiera espacio para avanzar 50 centímetros. Las aceras estaban repletas de individuos que caminaban apresuradamente a las paradas de autobuses o a la estación del metro, podía verlos pasar a mi lado, indiferentes a su alrededor, mecanizados, regidos por los segundos y minutos que marcaban su relojes, anhelantes de ahorrar cada segundo para no llegar retrasados. Seguí mi rumbo en medio de esa escena que no tenía guión ni orden.

Llegué a la avenida Baralt, en la esquina de Muñoz pregunté por la dirección que buscaba a un transeúnte, un señor de casi 60 años, de esos que pareciera que se han quedado congelados en sus años mozos y los de Caracas. «En la plaza bolívar, muchacho…» me dijo. Caminé hacia el lugar indicado esquivando a los joyeros que intentan venderte oro como si fueras amigo de ellos toda la vida; te agarran en el hombro jalándote, te dicen amigo, te sonríen y te ofrecen sus metales, te ofrecen dólares de los negros, joyas y otro montón de cosas que algún momento un desdichado tuvo que vender porque necesitaba dinero. Pasé por el frente del palacio legislativo y me encontré con algunos guardias nacionales que se preparaban para el arribo de una marcha de estudiantes que partía desde Chacaito para entregar un documento -todo un show, ya no estamos para marchas todas las semanas- al poder ejecutivo. Al llegar a la plaza volví a preguntar, me dí cuenta que el personaje de la esquina de Muñoz que me trajo hasta aquí tal vez no conocía nada del centro de la ciudad, ¡me mandó en la dirección equivocada!. Regresé hacia la Avenida Baralt, esta vez no por el frente del capitolio, si no una cuadra más arriba para cambiar un poco el paisaje y así evitar a los amigos indeseados y caer a la esquina de Piñango y bajar hasta la esquina de la Bolsa.

Llegué al edificio que buscaba y pregunté en el módulo de información en la recepción por las jornadas de cedulación de la Misión Identidad que se realizarían allí según la información. Una señora me respondió «Afuera, esa que ves, es la cola». Le dí las gracias y otro señor que estaba al lado mío, que parecía el vigilante exclamó «¡Pero todavía no han llegado!». «Esto no puede ser -le respondí- ¡Si tan solo la ONIDEX está a una cuadra ahí abajo en la Plaza Miranda!». Sin obtener respuesta alguna me coloqué al final de la cola, las personas parecían estar agotadas por el sol que les daba directamente, estaban atravesadas en toda una angosta acera del punto más céntrico del mismo centro donde caminantes no dejaban de subir y bajar, entrar y salir, pedir permiso y pasar, poco a poco más desertores se iban a buscar suerte en otra oportunidad, o en otros módulos que se habían dispuesto en otros lugares de la ciudad. Después de casi 30 minutos era imposible no responder a las exigencias de las personas en la fila; un señor gordo, de chemisse roja con un porta carnet de cuero colgado al cuello -como cualquier representante de la torpe y mediocre burocracia de este país- salió a decirnos que tal vez los materiales vienen o no, que no se sabe, que tal vez no se sepa, o tal vez si. Tales declaraciones hicieron hervir los ánimos de los impacientes indocumentados: «¿Es que ustedes creen que nosotros no estamos sacrificando nuestro tiempo? ¡Nosotros también tenemos que trabajar! Tenemos días en estas diligencias, queremos que nos respeten ¡Que arrechos son ustedes!». Algunos gritaban y vociferaban, mientras otros se marchaban desilusionados y sintiendo que les habían robado su tiempo; yo me quedé atrás, escuchando y recordando que ayer y ante ayer había pasado por lo mismo, si, ¡Dos veces!.

Inmediatamente salió una señora, tenía el cabello corto y teñido del rubio imperialista que el estado para el que trabaja combate, nos avisó que a unas cuadras muy cerca en Caño Amarillo estaba una escuela que también estaba haciendo un operativo y que ya habían comenzado, no me quedé a escucharla más, salí apresurado por la retaguardia para lograr adelantarme desapercibido. A media cuadra del lugar empiezo a notar que algunos que también estaban en la cola empiezan a superarme corriendo, no pensé quedarme atrás, corrí unos metros hasta que los alcancé; subimos hasta la estación del metro El Silencio, doblamos por el Liceo Fermín Toro hacia Caño Amarillo y caminamos hasta la escuela primaria -unos 300 metros más adelante-. Justo antes de llegar, los que nos habíamos adelantado, corrimos de nuevo al ver tras nuestras espaldas el pelotón de personas que venían detrás de nosotros intentando sobrepasarnos.

Written by Cristian Hernández

junio 2, 2008 a 00:43

Publicado en Uncategorized

3 comentarios

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  1. …presiento que el resultado será de mi agrado…
    La que cobra vida… muajaja.
    Detalles, Cris.
    (K)

    gabriela

    junio 2, 2008 at 01:28

  2. Oh, creo que me huele a Caracas…
    este tipo de cosas son para album..
    Creo que empezaré ese proyecto ahora
    que me recuerdas con el escrito..
    ..espero la segunda parte

    Pp.

    junio 2, 2008 at 22:44

  3. no te creas,,, eso sucede en todas partes.. mejor ni te cuento! esta vida aca en venezuela es todo un caos! asi vivimos los venezolanos pes:/

    yube

    junio 5, 2008 at 09:29


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